«Esta es una visita que debía a mi familia y a mí mismo. Cuba es parte de mi biografía. Aquí mis padres cantaron y sé de muchas personas que siguen mi carrera. En mi repertorio no faltan autores de la isla; admiro a Lecuona, de Roig interpreto Quié­reme mucho… Ah, sí, No­sotros, de Pedro Junco, hermosa canción».

Primeras palabras de Plácido Domingo en La Habana, poco antes de la medianoche del miércoles. Acaba de descender de la nave aérea que lo trajo a la isla. Muestra excelente estado de ánimo para el anunciado concierto del sábado en la noche en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. El viceministro de Cultura, Abel Acosta, y Or­lando Vistel, el presidente del Insti­tuto Cubano de la Música, le dan la bienvenida.

Este cronista le incita a desatar la memoria al pronunciar un nombre, Pepita Embil (1918–1994): «Mi madre guardó muy buenos recuerdos de Cuba. Vino en octubre de 1947 con una compañía donde mi padre, barítono, también actuaba. Era la compañía de zarzuelas de Moreno Torroba. Luego regresó con un espectáculo que vi en México durante mi niñez y me impresionó mucho, Cabalgata. Entre sus amistades cubanas, espero saludar a una figura muy querida, Rosita Fornés».

Ayer jueves Plácido cumplió un sueño: visitar el teatro Martí, escenario donde Pepita, su progenitora, cautivó por última vez al público habanero en 1956, en una temporada con la compañía de Faustino García. Eusebio Leal explicó los trabajos de restauración del teatro. Plácido emocionado dijo a los nietos: «Vean ustedes, allí la mamá de abuelo cantó».

El tenor satisface su curiosidad por conocer sitios del centro histórico de la capital; dirige sus pasos a la plaza San Francisco, observa la sala de conciertos de la Basílica, contempla la Avenida del Puerto y el Paseo del Prado. Es saludado por el ministro de Cultura, Abel Prieto y el poeta Miguel Barnet, presidente de la Uneac. Omara Portuondo se le acerca y, en lugar de palabras brota la popular canción de Gonzalo Roig, a dúo, a capella; Plácido, voz prima; Omara, segunda. El musicólogo Jesús Gómez Cairo le obsequia reproducciones de programas de mano y fotos, atesorados por el Museo Nacional de la Música, testimonios de los éxitos de Pepita Embil en la escena cubana. Y un libro sobre Lecuona.

«Ella tuvo una magnífica relación artística y humana con Ernesto Lecuona —prosigue con los recuerdos—. En casa había partituras con su música y también obras de su hermana Ernestina».

También llevará de regreso un disco rescatado de los archivos de la Radio Cubana con la voz de Pepita en sus presentaciones habaneras.

Va al encuentro de Alicia Alonso en el teatro que lleva el nombre de la inmensa bailarina: «Muy justo el haberla honrado de ese modo. Es una artista increíble, para mí entre las cuatro o cinco figuras más grandes de la danza de todos los tiempos y alguien que ha dado lo mejor de sí para orgullo de Cuba».

De su cercanía con la danza otro suceso: el abrazo a Carlos Acosta. «Lo he visto bailar en Londres y es fantástico. Qué apropiada esa idea suya, con su nueva compañía, de fundir lo clásico con lo moderno en este Caribe».

A su llegada al Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, el asedio de la prensa no se hace esperar. En pocos minutos ensayará con la Orquesta Sinfónica Nacional, y estarán presentes artistas de los colectivos lírico-musicales cubanos y estudiantes de canto.

Pero antes comparece brevemente ante los medios. Ulises Aqui­no evoca cómo hace 28 años fue portador de una invitación que le remitiera Alicia.

«Siempre quise venir —puntualiza— pero nunca hubo espacio en mi apretada agenda de trabajo. Hasta que me dije: ya no tengo 30 o 40 años, y no sé hasta cuando esté cantando. No puedo seguir dilatando el asunto. Mi hijo Álvaro, que lleva mi carrera, habló con Ulises y este facilitó los contactos con el Ministerio de Cultura, el Instituto Cubano de la Música y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas».

«Hubiera querido —agregó— que el concierto fuera en un espacio abierto, pero esta época del año en Cuba es muy inestable en cuanto al estado del tiempo. Esta misma ­, de repente, llovió. Había pensado en el Malecón o en la plaza San Fran­cisco. Pero esta no será la despedida del público cubano. Si el público queda satisfecho con el concierto del sábado quiero volver, porque yo quiero cantar para toda La Habana».

Sobre el repertorio, apunta:

«Cada nueva experiencia es única, porque usted puede haberme escuchado en discos y videos, pero en vivo, frente a frente, no es lo mismo, y esta es una ocasión muy especial. Haré un recorrido por arias de óperas, romanzas de zarzuelas y canciones. Al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional estará el maestro norteamericano Eugene Kohn; hemos trabajado juntos. Cuando supe que venía a Cuba invité a la soprano puertorriqueña Ana María Martínez Colón; de padre cubano e hija de una cantante, Evangelina Colón, con la que compartí escena».

Acerca de su tesitura, comenta:

«Desde el 2009 interpreto roles destinados a barítonos. Tomé la de­cisión para probarme y ante la disyuntiva de afrontar cómo continuar en la escena. No es ningún secreto que ya no puedo cantar muchos papeles de tenor tan fácilmente como cuando era joven. Daniel Barenboim me pidió asumir Simón Boccanegra, de Verdi, y resultó. Desde entonces he hecho unos cuantos papeles asignados a barítonos y me va bien».

En cuanto al apoyo a los jóvenes cantantes declara:

«Nunca cesaré de estimular el surgimiento de nuevas voces. Esa es la razón del programa Operalia. Hoy día en casi todas las grandes casas de ópera del mundo están en cartelera talentos premiados en ese certamen. Ana María, aquí presente, fue una de ellas».

Un augurio para la música cubana:

«Aquí la canción es pródiga y nada tiene que envidiar a creaciones de otras partes. Cuando los tres tenores incorporamos en nuestros conciertos la canción napolitana, esta alcanzó a nuevas audiencias. La canción cubana cuenta con piezas que se avienen a las voces de los tenores, como las de Lecuona. Eso sí, me gustaría que Cuba recuperara su liderazgo en la zarzuela. Mucho podría aportar».

Y una evocación:

«Poco antes de cumplir ocho años, de niño, con mi hermana, pasé dos días en La Habana, de viaje hacia México, donde mis padres se establecieron. Vivíamos en el buque Mar­qués de Comillas y visitamos la ciudad. Hoy redescubro esta ciudad ma­ravillosa y en­cuentro gente extraor­dinaria».

(TOMADO DE GRANMA.CU)

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