Visitar CUBA y no pasearse por la zona más antigua de la antaña capital es como no haber pisado tierra cubana. Disimiles calles marcan las historias, y monumentos y construcciones atesoran los siglos de una urbe constantemente repleta de turistas que durante todo el año seleccionan nuestro verde caimán y la hermosísima Habana.

Hace varias décadas se paseaba por las calles de San Cristobal de La Habana y se le veía en los ómnibus saludando a todos y batallando con la filosofía de la vida, la religión y la política a un personaje muy particular de nombre José María Lledín popularmente para los que pudimos verle alguna vez en vida “El Caballero de París”.

Aunque algunos documentos atestiguan que nació en Galicia, España en 1899 fue el único entre once hermanos que pudo aprender a leer y escribir apreciando grandemente la literatura y la música. Deambuló durante décadas por el Prado, la Plaza de Armas, la Avenida del Puerto y las calles Muralla, San Lázaro, Infanta y 23 y 12 en el Vedado.

Nuestro “Caballero de París” fue rey, gladiador, emperador, corsario… único entre los cubanos de aquellos años. Durante mucho tiempo tuvo la dicha de ratificar fechas de acontecimientos que marcaron la historia antillana como si hubiese estado insertado en cada una de ellas envuelto en el folclore que lo popularizó entre todos.

De cabello muy largo y todo despeinado, barba deslucida y uñas extremadamente retorcidas junto a su capa y traje negro no faltaba en sus manos la prensa del día y algunas pertenencias que nunca abandonó. Este personaje familiar que muchas veces dijo sentirse en La Habana como en París llegó a la isla con menos de quince años de edad y laboró en diferentes profesiones que abundaban en aquel entonces para los inmigrantes que llegaban a Cuba.

Nuestro caballero sufrió injustamente prisión en el Castillo del Príncipe y de allí salió totalmente desequilibrado, por ese motivo se transformó en un ícono que mostraba varias personalidades y que le acompañaron hasta su muerte debido a su delirio imaginativo con confabulaciones y un deterioro de su personalidad.

El psiquiatra Luis Calzadilla Fierro fue uno de los últimos acompañantes del Caballero de París y ha confesado en ciertas ocasiones que su paciente aunque nunca se casó siempre le dijo que tenía un hijo y una hija con una señora que era secretaria de una compañía azucarera. Le reiteraba siempre que su hijo radicaba en Marianao y trabajaba en una estación de radio, y que su ex e hija se habían ido de Cuba.

En julio de 1985 el Caballero de París se despidió de todos pero antes de partir recobró la memoria y tuvo un dialogo con su médico el cual se puede leer en el libro: “Yo soy el caballero de París” del propio Dr. Luis Calzadilla Fierro y publicado en el 2000.

A la memoria del loco más cuerdo que muchos cubanos conocimos hemos dedicado estos minutos para que en tu próximo viaje a La Habana recorras las adoquinadas calles y vayas a ese sitio que lo muestra casi real desandando cada esquina, allí, convertido en estatua gracias a la imaginación del escultor José Villa Soberón gracias a una iniciativa de la Oficina del Historiador de la Habana Vieja y nuestro maestro Eusebio Leal.

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