Moana, el último filme del emporio Disney, está recibiendo fuertes críticas en la Polinesia, aún sin haber sido estrenado en grande, con lo cual se reabre un viejo capítulo que desde los años 20 vincula a esa industria del entretenimiento con manifestaciones racistas, discriminatorias  y de machismo.

Agencias noticiosas dan cuenta de las voces ofendidas provenientes del Pacífico que acusan al filme de desprecio y saqueo cultural. Según  el político Marama Fox, «Disney lo que quiere es hacer dinero a costa de la historia y la creencia de otros».

El largometraje de animación trata de una valerosa muchacha de 16 años que se hace acompañar de Maui, figura considerada en la mitología de la región un ancestro particularmente venerado.

Para convertirlo en un personaje más atrayente, Maui fue transformado con un disfraz —ya en venta— que le hace lucir la piel bronceada y plena de tatuajes. Bien gordo,  lleva un taparrabos de hojas y como adorno un collar que imita los huesos de un tiburón.

Una de las críticas más reiteradas destaca que en  la cultura de la  Polinesia los tatuajes cuentan una historia personal. Si reproducir esas intimidades es una falta de respeto, hacerlo con fines comerciales utilizando una deidad es un insulto.

Crecimos con Walt  Disney y no puede negarse la influencia de lo que en 1923 comenzó como una pequeña empresa en Hollywood y terminaría siendo un universo comercial  sin fronteras, presente en el imaginario de generaciones.

Reencontrarse ya de adultos con Mickey y el pato Donald, los filmes Blancanieves (1940), Fan­tasía (1941), Bambi (1942) y otros clásicos del di­bujo animado puede convertirse en una catapulta sentimental hacia los días de la infancia, marcados por la ilusión de que nuestra  existencia tendría siempre los mismos finales felices, recreados en esas películas.

¿Quién iba a percatarse en aquellas matinés de los domingos que en Fantasía la centaura negra (Sunflower) tiene un cuerpo pequeño e insignificante en comparación con las centauras blancas, y que su media mitad de animal cuadrúpedo, en lugar de ser de un caballo, es un burro? ¿O que la función de «la negrita» es abrillantar las pezuñas de las opulentas centauras blancas?

Tan racista es una de esas escenas que el propio Disney la criticaría, presionado por la opinión pública y hoy es difícil encontrarla en copias posteriores a la censura.

Si bien desde sus comienzos Walt Disney trató de quitarse de encima cualquier responsabilidad ética  («hago películas para entretener y después la Academia de Hollywood me dice lo que significan»), ya en los años 30 del siglo pasado no faltaron especialistas en afirmar que en sus bellas historias  para niños «había algo oscuro».

Una llamada de atención en el campo investigativo que no ha parado de incitar al análisis y no por obsesión enfermiza de quienes quisieran encontrarle de todas formas  la «quinta pata al gato», sino precisamente porque la larga filmografía de Disney da pie para ello.

Algunos —como señalaran Ariel Dorfman y Armand Mattelart en su libro Para leer al pato Donald— no quieren ver y razonar y reciben como una afrenta a la moralidad y a la civilización cualquier reproche que involucre a Disney.

Es lógico que así sea cuando se cae rendido cultural y emocionalmente desde la niñez ante un fabuloso mundo de fantasías donde lo importante es reír, quizá sufrir un poco antes del desenlace final,  pero en general ¡pasarla muy bien!
Un mundo, sin embargo, en el que también se deslizan en todas las variantes del llamado «mensaje» (fácil de captar, o subliminal) conceptos  asociados al racismo, la supremacía masculina y la xenofobia.

La historia de Hollywood nos recuerda que durante bastante tiempo el racismo de fácil resalte estuvo presente en sus películas con el propósito de afianzar los estereotipos de «razas» diferentes a la blanca. La empresa Disney, con deslices más sutiles, no solo aportó lo suyo, sino que a lo largo de su carrera —que dentro de siete años llegará al siglo— los sigue manteniendo.

Para probarlo, especialistas de diferentes lugares del mundo han ido conformando una larga lista. Mencionar todos esos filmes llevaría bastante espacio, pero he aquí algunas evidencias: En El libro de la selva (recordar la supremacía blanca defendida por Rudyard Kipling), los animales hablan con exquisito acento británico, menos los monos, arquetipos del llamado bajo mundo afroamericano y ansiosos ellos por convertirse en hombres blancos. Dumbo: Los cuervos amigos del elefante tocan jazz, son marginales y su representación como pertenecientes a la «raza negra» es ofensiva.

Tom & Jerry: El show de los dos simpáticos animalitos está lleno de chistes y de tramas racistas. La mujer protagonista, una sirvienta, es negra, de pocas luces y anda sucia. Cenicienta, Blan­canieves, La Bella durmiente, bellas, indefensas, con necesidad de ser protegidas —según el estudioso David Payne— es «la encarnación de todo deseo masculino: un patriarcado de un solo hombre que tiene dominio y propiedad absoluta». Pocahontas: algunos creyeron que vendría  a remediar la visión de Peter Pan, en la que los indios  aparecían casi teñidos de rojo, grotescos y hablando en monosílabos, pero terminó siendo un despliegue distorsionado de la realidad histórica, romántica y hasta ofensiva, porque da a entender que la Disney justifica las masacres que siguieron al asentamiento de los indios.

La dama y el vagabundo, clara metáfora de la peligrosa inmigración asiática; Aladino, transcurriendo en un país árabe donde —como dice la canción introductoria— «te cortan la cabeza si no le caes bien», El rey León, con constantes alusiones discriminatorias y grotescas hienas que viven so­carronamente en un apartheid.

Historias todas, y otras más, con las que la pasamos muy  bien y hoy nos llenan de nostalgia sin darnos cuenta de que al precio de una, veíamos dos películas, la segunda, todavía sin ser descubierta plenamente al cabo del tiempo.

(REPRODUCIDO DESDE GRANMA.CU)

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