En una noche perfecta en el Dodger Stadium de Los Ángeles, donde no cabía un alpiste más en las gradas, Estados Unidos —¡Y de que manera! — le llenó los ojos beisboleros al mundo, con una actuación ante el invicto Puerto Rico, que lo llevó a tocar el cielo del béisbol mundial para convertirse en: ¡Campeones del IV Clásico Mundial de Béisbol!

El resultado se veía venir…, no de ahora, sino desde que, en 2006, la MLB organizó el torneo entre las naciones más fuertes y tradicionalistas del deporte de las bolas y los strikes. Japón, había ganado las dos primeras ediciones, y la tercera quedó en poder de República Dominicana, con un récord de ocho victorias ante todos sus rivales. El cuarto Clásico Mundial, era decisivo para los estadounidenses, pues, se jugaban otra vez su orgullo beisbolero, la supremacía universal y el prestigio de, sin dudas, tener a varios de los mejores peloteros profesionales de la historia.

La deuda fue saldada, y las palmas junto con los lauros permanecerán para toda la rica historia del evento, en la hoja de servicios del manager Jim Leyland, ganador de 1769 juegos durante 22 años dirigiendo en MLB, con la prestigiosa vitrina de un título de Serie Mundial (Marlins de la Florida en 1997), tres premios Manager del Año e igual participación como capataz en Juegos de Estrellas.

Luego de vencer 2×1 en semifinales al siempre peleador equipo de Japón, Estados Unidos se había quitado del camino al campeón República Dominicana, a Venezuela, y solo le quedaba Puerto Rico, selección que les tomaba ventaja de 3-2 en enfrentamientos históricos dentro del torneo. ¿Cuáles fueron las claves para completar el asalto al trono?… Véalas aquí, en un “Top Five”

Número 1: “Big Stroman”

Para ganar el campeonato, un equipo tiene que contar con la condición certera de su lanzador abridor, aun cuando el pitcher cabecera de rotación no sea el disponible para el día decisivo. Así pues, Marcus Stroman, tenía más responsabilidad en sus espaldas, que simplemente ir a la reconquista de una victoria luego de perder en su primer choque contra Puerto Rico. El as de los Azulejos de Toronto, no defraudó, y cumplió con creces la frase de que: El pitcheo, es el 75% de un juego de béisbol.

A base de nueve rectas de cuatro costuras, oscilando entre 93.8 millas, Stroman puso dinamita en la mascota de Jonathan Lucroy, para así retirar a sus tres oponentes. En el segundo capítulo, Carlos Beltrán le tomó un pasaporte, pero obligó a Yadier Molina a conectar un roletazo para doble play. Desde ese instante, no volvió a permitir un imparable hasta el inicio de la séptima entrada, cuando Ángel Pagán le sacudió un doblete con un pitcheo por el centro a 92.5 Mph. Con un 58.6% de strike, y 75.3% de pitcheos en recta, Stroman lanzó en seis innings la joya monticular de su carrera, admitiendo, además, 11 roletazos, un solitario elevado, y ponchando a tres oponentes (dos de ellos a Carlos Correa).
Número 2: El bullpen

“Sin bullpen, no hay esperanza”, le escuché decir hace años a Ozzie Guillén, único manager latino ganador de Serie Mundial, con los Medias Blancas de Chicago. Esa frase, tomó color de cielo azul y despejado la noche del miércoles en Chavez Ravine, cuando el cuerpo de relevistas estadounidenses cerró el grifo de los puertorriqueños. El duelo, a decir verdad, ya estaba decidido.

Pero los brazos del bullpen, fieles y feroces en mantener ventajas, se ocuparon de extender a feliz término la blanqueada sobre Puerto Rico. En los últimos cinco pulsos, los relevistas lanzaron 21 innings, admitieron solo 9 hit y tres limpias, con 15 ponches, efectividad de 1.28 y WHIP de 0.666. ¿Suficiente, verdad?…

Número 3: Muchos ponches y poca producción = ¿Victorias?

La ecuación parece un problema matemático, que sería bueno aclararlo entre todos. Pero, seguramente, si usted digiere este detalle, creo que lo entenderá: Los juegos de pelota se ganan por carreras, y aún con poca producción, si el pitcheo y defensa se complementan, también se puede ganar. Estados Unidos terminó ponchándose 62 veces, 37 en los cuatro partidos previos antes de la final, 13 en el juego decisivo y, quizás incomprensiblemente, ellos ganaron todo. Aquí estuvo la razón: Una, pegaron jonrones en cuatro de sus últimos cinco desafíos. Dos, luego de costarle cuatro anotaciones cada error cometido en la segunda ronda, los norteños fildearon impecablemente en semifinal y final. Tres, aunque dejaron a 17 corredores en el circuito, con apenas cuatro de sus carreras habrían ganado los juegos decisivos por el título, 2-1 contra Japón, y el jonrón de Ian Kinsler (supuestamente, 2-0) era demasiado para ganarle a los boricuas.

Número 4: Guantes y Carreras Salvadas a la Defensiva

¿Suena extraño, verdad?: Carreras Salvadas… Pues, esa estadística, que pueden encontrarla en la Biblia del Fildeo (“Fielding Bible” por John Dewan), parece complicada, pero explica lo siguiente: Cada jugador, obtiene una puntuación por atrapar pelotas que eviten carreras, como mismo pierde calificación si no hace la jugada evaluada como media en la Liga. Entonces, ¿qué categoría le daríamos a la atrapada de Adam Jones sobre el ‘posible’ jonrón de Manny Machado?… En letras, cabría decir: Categórica, espectacular. Esa atrapada, quizás, cambió totalmente el rumbo del juego, que podría haberse empatado con el bambinazo que bateó detrás Robinson Canó. También, vale destacar la actuación del receptor Jonathan Lucroy, en lugar de Buster Posey, a quien Puerto Rico le robó cinco bases antes de la final. Para la combinación de torpedero-segunda, Brandon Crawford-Ian Kinsler, las palmas, por contribuir a detener a los rivales en el circuito.

Número 5: Ganar sin el cuarto bate…

El cuarto bate norteamericano, el descendiente cubano, Nolan Arenado, entró al juego decisivo con la peor de sus pesadillas: promedio de .115 (26-3), y seis ponches con un rodado para doble play en sus últimos siete turnos. Había ingresado al duelo con solo dos hits en sus últimos 15 visitas al plato, y se ponchó dos veces más ante el abridor de Puerto Rico, Seth Lugo. Arenado, de los pocos jugadores con 40 jonrones y más de 120 remolcadas con los Rockies de Colorado, fue mantenido como cuarto en el orden, aunque había dejado a ocho corredores esperando remolque en sus cuatro encuentros más recientes antes de la final. Así pues, por obra y gracia de los dioses del béisbol, ocurrió lo que, cotidianamente se ve poco: Ganar, sin que el cuarto bate haya impulsado carreras en 25 de sus turnos oficiales al “home plate”.

 

Escrito por Mario Miguel González en CUBAENMIAMI

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