En Baracoa las fotos hablan por sí solas

Dijo Susan Sontag que ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro lugar lejos del nuestro, es una experiencia que solo ha vivido la modernidad. Las guerras, los huracanes, los tsunami, los naufragios tuvieron que esperar a la Segunda Guerra Mundial para comenzar a llegar a todas partes. “El peso de las palabras, la conmoción de las fotos”, era el tema publicitario de la revista Paris Match fundada en 1949, cuando el periodismo descubrió que las imágenes fotográficas de la violencia del hombre o de la naturaleza multiplicaban las ventas, mientras el texto escrito se agotaba en las palabras.

Pero a pesar de la comercialización de la imagen, del hecho de que cada encuadre es siempre un punto de vista -un interés, valores y antivalores particulares que lo sesgan-, una buena fotografía no nos dice cómo son las cosas. Nos enseña a mirarlas desde lugares inimaginables, como hacen los niños cuando dibujan. Ellos no pintan el caballo, sino su emoción al descubrirlo, y reconozco tal sensibilidad en muchas de las imágenes que han reflejado en estos días el paso devastador del Huracán Matthew por la nariz de nuestro Caimán.

Por ejemplo, la foto de la bandera en Maisí con la que una familia, en medio de la nada, saluda alegremente a los que llegan en el helicóptero de la Defensa Civil. El edificio de tres pisos, en Baracoa, desprovisto de paredes exteriores, entre cuyos huesos se balancea un trozo de escalera. El cementerio de palmas reales junto al río Toa. La familia desenterrando de los escombros los objetos de lo que fue una casa, junto a un armario con las puertas abiertas, donde hay camisas perfectamente colgadas, aunque con una capa de fango que las ha vuelto rígidas. Un perro que asiste inocente a la escena de la destrucción. El juego de los niños, la gente que lava la ropa en el río, las caravanas de camiones que llegan con la ayuda, el hombre en bicicleta pedaleando con una bolsa llena de pan y sonriendo a la cámara. Los linieros, las grúas, las pipas de agua, los soldaditos paleando escombros. La vida que recomienza con más fuerza que antes.

Entre las muchas representaciones que profesionales o aficionados captaron en Guantánamo, hay un grupo de fotos cuya historia quería conocer de primera mano. Fueron tomadas por el fotógrafo de la agencia AP, Ramón Espinosa. En una se ve un pulóver estirado y puesto a secar sobre un acera carcomida, junto a cinco libros de recetas de cocina, bastante maltrechos, pero a salvo. Sus títulos, tanto como la voluntad de rescatarlos, son un desafío al sentido común: “Para tu deleite”, “Menú criollo”, “Comiendo con Doña Lita”, “Comida cubana, coctelería” y “Cocina cubana: Sopas, caldos”.

Aunque apenas han transcurrido 24 horas del paso del Huracán Matthew cuando se tomaron estas fotos, la gente parece haberse instalado en medio de los estragos con total naturalidad. Sus gestos, sus actitudes, sus maneras, sus libros de cocina, recuerdan a los de cualquier martes o cualquier miércoles de cualquiera de sus vidas. Lo extraño y lo familiar se han fundido con una sencillez pasmosa. Observen la tranquilidad con la que el niño lleva la piedra para evitar que la ropa tendida se la lleve el viento. Fíjense en la mujer que hacia el centro de otra fotografía de Ramón, estira el pantalón en un gesto que hemos visto mil veces. No se pierdan tampoco la expresión de paciencia del dueño de los libros, con sus tenis, sus documentos y su pulóver al sol, como si esperara algo o a alguien que empieza a retrasarse un poco, aunque no tanto como para desesperarse.

¿Quiénes son ellos? ¿Cómo los libros de cocina llegaron allí? ¿Qué historia hay más allá de estos instantes capturados por la cámara? Por suerte, Ramón Espinosa acaba de llegar de Baracoa y, gentilmente, nos lo cuenta.

Habla el fotógrafo

Las fotos de la ropa en el Malecón las tomé un día después de que Matthew barriese la zona. La gente pasó la mañana después del huracán intentando recuperar lo poco que pudiesen salvar de sus pertenencias, que se encontraban esparcidas por todas partes. La gente no solo buscaba en los restos de sus casas, sino también lo hacían dos calles más hacia arriba, pues el impacto de la olas del huracán fueron devastadoras.

Dedicaron todo un día a buscar por los escombros. Todo estaba destrozado y de las pocas cosas que encontraban casi intactas era la ropa.

Al día siguiente, cuando la lluvia cesó, comenzaron a poner a secar las ropas mojadas con agua de mar en la acera del Malecón con la intención de quitarles el olor a catástrofe, para una vez que fuese reparado el servicio de agua corriente volverlos a lavar y así tener algo que ponerse. Sacaban todo lo que se había salvado. No sólo ropa, sino colchones, muebles, trozos de aparatos eléctricos.

La foto de la camisa con los libros pertenece a un hombre que perdió todo. Lo único que le quedaba era lo que ves en la foto y la escritura de su casa, que no sale en en el encuadre porque gráficamente no se entiende lo que es.

Él se llama Antonio Manuel Beltrán Galano, tiene 50 años. Es cocinero de experiencia, pero últimamente trabajaba como vendedor de croquetas por las calles de Baracoa. Le llamaban popularmente “vamos que te enfrías”, porque así pregonaba sus ventas. Me comentó: “Mi hermano, espero que esto se alegre un poco ya que está duro.” Antonio pasó la noche del huracán en el refugio habilitado en el círculo infantil de la ciudad.

(REPRODUCIDO DESDE CUBADEBATE)

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