Junto con el champú, el gel de baño y las cremas hidratantes, mucha gente tiene en su bañera una esponja especial para exfoliarse. Esta práctica, que trae grandes beneficios a nuestra piel y que consiste en frotarla hasta que las células muertas caigan, se supone que estimula el crecimiento del tejido, su mejor hidratación y previene la aparición de rugosidades y durezas.

Pero esa esponja, que aparentemente es de lo más inocente, esconde un desagradable secreto. Según el dermatólogo J. Matthew Knight, del  Knight Dermatology Institute de Nueva York, las células muertas que elimina este artilugio no suelen caer al suelo ni irse por el desagüe de la ducha. “Quedan atrapadas en las capas de redes de la esponja, que, junto con la humedad y el calor que suele reinar en el ambiente en el que se encuentra, crean un caldo de cultivo casi perfecto para el nacimiento de multitud de bacterias”, explica el médico al New York Post.

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Es decir, que esa suave y colorida esponja es en realidad una incubadora de moho y de millones de microorganismos. Según Knight, el crecimiento de esta fauna se puede producir tan solo horas después de haber estrenado este objeto.

Knight advierte que el peor momento para utilizar la esponja exfoliante es justo después del afeitado. Ya sea la cara, las piernas o cualquier otra parte de la anatomía, las bacterias acumuladas en el artilugio pueden hacer un tremendo daño sobre la piel sensible o que incluso puede tener una pequeña herida. En el mejor de los casos, pueden haber rojeces. En el peor, infecciones que podrían llegar a la sangre.

Knight desaconseja por completo el uso de la esponja, pero sí ha de utilizarse, recomienda que siempre esté bien lavada y que se seque inmediatamente después de su uso, por ejemplo, colgándola de un tendedero. Este experto también asegura que nunca se debe utilizar más de tres meses. Pasado ese tiempo, siempre deberá ir al cubo de la basura.

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