El caso de Cristian Forero, señalado en esa red social de ser el fletero que asesinó a un joven al norte de Bogotá, revivió la compleja práctica de usar las redes para criminalizar individuos. ¿Cuáles son las consecuencias?

De un momento a otro, el celular de Cristian Forero comenzó a sonar. Las notificaciones no paraban de llegar a su celular. Cuando revisó lo que ocurría se llevó la sorpresa de su vida. Algún usuario hizo circular imágenes de Cristián asegurando que el estudiante del Sena era el fletero que había asesinado a una persona en el barrio Villa Alsacia el pasado 16 de septiembre. Desde ese momento, los días de Cristian fueron una pesadilla.

En cuestión de minutos, la publicación se volvió una bola de nieve y las amenazas contra el joven no tardaron en llegar. La situación fue tan extrema que Cristián Forero tuvo que llamar a un abogado para acercarse a la Fiscalía más cercana y aclarar que él no era un asesino. Aunque la situación suena hasta caricaturesca, la virulencia de los mensajes y la rapidez con que su rostro llegó a los computadores y celulares de miles de personas volvió a mostrar ese lado oscuro de las redes sociales.

Lo que le ocurrió al joven estudiante de mecatrónica no es nuevo. Basta con que un usuario publique una foto en algún grupo de Facebook asegurando que el rostro que está ahí es el de un peligroso delincuente para que la turba iracunda haga el resto. El post comienza a diseminarse de muro en muro sin mayor análisis y los comentarios amenazantes se multiplican hasta el punto de quebrantar con todas las leyes de privacidad que están en la Constitución.

El fenómeno de la criminalización en redes sociales, además de peligroso, es casi que incontrolable. Existen varias razones para que las incriminaciones a particulares se multipliquen sin que haya algún filtro. En primer término, los usuarios comparten las publicaciones bajo el entendido que son reales, que son verdaderos. Como si fuera el lejano oeste, primero comparten y después analizan. Ante esto, el escritor y filósofo italiano Umberto Eco había advertido que “Internet y las redes sociales son un instrumento peligroso”, por esa falta de razonamiento.

La segunda explicación tiene que ver con esa necesidad de justicia que tienen a diario los usuarios no sólo en redes sociales sino en la vida diaria. De fondo, los usuarios han encontrado en Facebook o Twitter una herramienta para denunciar la inoperancia de las autoridades, pero la mayoría de las veces se violan derechos como el del buen nombre y la privacidad. El problema es que en las redes sociales, los usuarios se convierten en jueces y en ejecutores de las sentencias, y en ese punto lo que era búsqueda de justicia se transforma en una cruzada digna de la inquisición.

Lo complejo de esta inconciencia son las consecuencias violentas que una publicación de estas puede causar en los afectados. Daniel Novoa, que ha trabajado en investigaciones sociológicas de las redes sociales, explica que “entre los usuarios no existe una conciencia clara de las consecuencias de sus publicaciones. Todavía existe la concepción que todo lo que ocurre en Facebook debe tomarse en broma”.

Sin respuestas

Pero la tendencia de criminalizar en redes es peligrosa. La vida de Cristian Forero, por ejemplo, cambió en un abrir y cerrar de ojos, y todavía hoy lo señalan en las calles. Lo más grave de todo esto es que encontrar responsables es prácticamente imposible. La cadena es tan larga que llegar al primer eslabón de la cadena requiere un conocimiento técnico que resulta más que dispendioso para las autoridades y sería inverosímil, en la práctica, denunciar a miles de usuarios por injuria y calumnia, aunque en la práctica eso fue lo que ocurrió con el estudiante.

Actualmente, tanto las regulaciones como la capacidad técnica del Estado para controlar este tipo de episodios son insuficientes. Por esto, los expertos en seguridad digital insisten en la autorregulación de los usuarios para poder parar una tendencia que hoy está desbocada.

Para completar, la respuesta de las propias plataformas sociales son insuficientes. Las autoridades en Europa aseguran que Facebook o Twitter se han quedado cortos a la hora de controlar los ciberataques. Explican que estás redes tienen algoritmos muy poderosos para vender publicidad personalizada, pero se quedan sin respuestas técnicas cuando se denuncia una foto inapropiada o una persecución desde un perfil falso.

En medio de un contexto sin control, sólo los usuarios tienen el poder de romper esa cadena de acusaciones y juzgamientos. Pero esa máxima por ahora parece lejana.

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