En declaraciones a una emisora de televisión en Detroit, Aretha Franklin ha asegurado que se retira de la música durante este año. La estrella del soul, que en marzo cumplirá los 75 años, quiere pasar más tiempo con sus nietos. Antes del retiro, promete lanzar un álbum de canciones nuevas hecho con Stevie Wonder. Puntualiza que eventualmente no se trata de una jubilación total: podría realizar algunos conciertos al año.

En los últimos tiempos, Aretha está fuera del ojo público; sólo se sabía de ella cuando era convocada a Washington por su admirador, Barack Obama. Sus actuaciones están determinadas por su fobia a volar; desde los años ‘80, renunció a presentarse fuera de Estados Unidos. Ocurre además que su estilo es omnipresente: pueden escucharse ecos de sus manierismos vocales en Mariah Carey, Christina Aguilera o Beyoncé, por no hablar de tantas aspirantes al estrellato que se exhiben por concursos televisivos.

Muy competitiva, para Aretha es un trago amargo el dejar el campo libre a sus rivales. Que no son únicamente sus continuadoras. Su lista de enemigas ha incluido a otras voces femeninas con las que compartía compañía discográfica y que en un momento determinado vendían más que ella: Barbra Streisand, Roberta Flack, Whitney Houston. Ninguna, sin embargo, tiene su legado.

Ella estableció el actual patrón de cantante expresiva en 1967. Hasta entonces, grabando para el sello Columbia, había sido una correcta vocalista de club nocturno. Fichada por Atlantic, protagonizó una catarsis similar a la de Ray Charles en los años ‘50: la inserción de modismos del gospel en la música profana. Cabalgó sobre la ola triunfante del soul con mensajes de reivindicación femenina, orgullo racial y ratificación personal: pudo contar con espléndidos músicos y compositores pero sus maquetas, donde cantaba y tocaba el piano, revelan que Aretha tenía claro lo que buscaba.

Aristocracia afroamericana

No se sabía entre el público blanco pero Aretha pertenecía a la aristocracia de los afroamericanos que habían dejado el sur de los Estados Unidos para radicarse en el Norte. Era hija de C. L. Franklin, un predicador de vida turbulenta al que se perdonaba todo por el pellizco, por la musicalidad de sus sermones, transmitidos a través de la radio y editados en disco. La casa del reverendo en Detroit era parada obligada para toda figura negra del arte o de la política; la pequeña Aretha fascinaba a los visitantes, para frustración de sus hermanas, Carolyn y Erma, futuras cantantes.

Para revistas como Jet o Ebony, Aretha es un paradigma de fortaleza ante las adversidades. En 1979, su padre se enfrentó a tiros con unos ladrones y quedó malherido. Murió tras cinco años en coma y Aretha pagó todas las facturas. Sus hermanas sucumbieron ante el cáncer; ella misma ha superado esa enfermedad.

Acostumbrada a un trato más que respetuoso, la Reina del Soul se llevó un enorme disgusto en 2014, cuando se publicó “Respect: the life of Aretha Franklin”. Firmado por David Ritz, que había trabajado con ella en su autobiografía y que se frustró con las limitaciones impuestas, el libro presenta un panorama descarnado de desastres conyugales, rencillas de la farándula, problemas económicos y vicios menores.

Evidentemente, ella no lo ve así pero esas anécdotas hacen bastante por humanizarla. Frente a la pirotecnia de sus seguidoras, Aretha parecía vibrar con lo que cantaba. En sus grandes discos, su voz sonaba majestuosa, peleona, visceral. Planteaba sus exigencias emocionales y sexuales en un lenguaje -el del soul- definido por machos alfa como James Brown, Otis Redding o Wilson Pickett. Hoy, Aretha es la gran sobreviviente de aquella edad de oro de la música negra.

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